Seguramente, Nueva York era la ciudad de las oportunidades. Seguramente. Pero ese día, Nueva York era más, lo era todo.
León la había esperado como cada tarde, en el café de aquella esquina de Canal Street al que iba siempre. Berta trabajaba en una escuela de por allí, no había querido dejar de enseñar. Cuando ella llegó, él seguía escribiendo. “¿Sobre qué son esta vez?” León levantó la vista. Durante un segundo, Berta pudo ver ese oscuro velo de nostalgia que le cubría los ojos cada vez que pensaba en España. “Lo de siempre”, dijo cerrando su cuadernillo y cogiéndole la mano, sonriente. “¿Lista?” “Por supuesto”. Bajaron hasta llegar a City Hall. Se pararon ante los escalones del ayuntamiento. Berta le apretó la mano, y puso el pie en el primer escalón. “Ya no hay vuelta atrás, extranjero.”
“¿Cuánto tiempo tienes?” le preguntó León. “He pedido la tarde libre, así que el que tengas tú”, respondió Berta. Y sin soltarse las manos avanzaron hasta la boca de metro. “¿Uptown o Downtown?” “Hacia arriba, Darling.” “¿Express o Local Transfer?” “Local Transfer.” “Pues entonces me temo que tenemos que cruzar la calle, sweetheart”. El metro de Nueva York, era el más complicado que habían visto. No se podía cambiar de dirección una vez entrado en la estación, así que uno tenía que fijarse bien hacía donde iba el tren. “¿Y hasta dónde quiere ir la señora de León Felipe?” “Hasta dónde el señor León Felipe le plazca.”
Nadie se da cuenta de lo que tiene a su alrededor, en el Metro de Nueva York. Si se parasen un segundo a mirar, a levantar los ojos del New York Times, se fijarían en que cada tarde a esa hora, siempre viajan las mismas personas. Si se hubiesen fijado, hubiesen visto a ese niño que siempre habla sólo, contándose cuentos en le anden mientras su madre lee una versión antigua de Anna Karenina. Podrían ver también a la pareja de ancianos, que desde hace más de veinte años cogen el Local Transfer hasta la tercera avenida; a ese hombre que silba el “Claro de Luna” de Beethoven, mientras mueve lentamente los dedos encima de sus muslos... Pero nadie lo hace, ni si siquiera ese día.
Cuando por fin llegaron al final de la linea, en 52th street, se quedaron mirando un rato el anden al que tenían que ir si querían volver a casa. “No tenemos porqué volver ahora, ¿verdad?” “¿Y si cogemos la linea que va hacía...” miró plisando los ojos el cartel que tenían delante, “hacia Main Street?” Ella empezó a reír. “Me parece muy buena idea”.
Una vez sentados en el vagón, se quedaron en silencio, Berta recostada sobre el hombro de León. Esta sensación de paz, de bienestar, hizo que el poeta viajara. Aun con los ojos abiertos, vio la estación de metro de Sol, Rafael delante de él, Juan Ramón a su derecha. Berta siempre iba con ellos a sus recitales. Esas noches se alargaban hasta horas imposibles, hablando de la República, de la vida, de poesía... No había minuto en que no hubiese risas, peleas, debates... Ahora todo había cambiado, ya no había fiestas, ni recitales, algunos ya no vivían. “¿Te acuerdas de la noche esa de la fiesta de Rafael, Berta? ¿Te acuerdas? Habíamos hecho la mitad del camino andando, no podíamos ni pagarnos el viaje en metro. Casi nos habían invitado para que pudiésemos cenar. Ya estábamos casi en Alonso Martínez, cuando te rompiste un tacón. Te lleve en brazos hasta la casa de Rafael. Nos quedamos hasta las seis, ¿te acuerdas?. María Teresa bajo a comprar churros en ese pequeño puesto en la esquina de la calle Válgame Dios. Eran tan jóvenes. Eramos tan jóvenes, y solo han pasado diez años.” Berta se quedó en silencio. Por mucho que se esforzase, ella no podía ver ese Madrid, esa España, que León parecía no olvidar. Lo que ella podía ver, eran las bocas de metro de toda la ciudad. La gente, bajando alocada, salvando sus vidas y las de sus seres queridos. Berta hubiese querido no tener que vivir todo eso. En Antón Martín, cerca de casa de sus abuelos, había tenido que bajar, ante las alarmas anti-bombardeos, al metro. No podría olvidar la mezcla de sonidos que ahí abajo había. Los gritos de los niños, las nanas de las madres, los insultos de los hombres. Era lo más terrorífico que había oído. León vio la cara de tristeza de su mujer. Le acarició la barbilla. Consiguió arrancarle una sonrisa.
Nadie se da cuenta de lo que tiene a su alrededor en el metro de Nueva York. Si se hubiesen fijado, hubiesen visto a la pareja de españoles, sentados en el último vagón. Si supiesen... Este viaje en metro, es su viaje de Luna de Miel, se acaban de casar en el ayuntamiento, hace menos de dos horas. Si se hubiesen acercado un poco, hubiesen podido ver que el hombre susurraba algo con cariño al oído de su mujer. “No he escrito mucho hoy, ¿te importa que te lo lea” Como respuesta ella sonrió, y se acercó a su marido. Él carraspeó un poco. Berta había sido su mejor público y lectora, desde hacía mas de quince años. “Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo...”

